miércoles, 29 de noviembre de 2017

IN MEMORIAM DEL CAMARADA JUAN MASSANA MESTRE José Hernansáez



IN MEMORIAM DEL CAMARADA JUAN MASSANA MESTRE

José Hernansáez

El miércoles, 13 de septiembre, a eso del mediodía, me llamaba por teléfono Carmen, la esposa de Massana. Intuí que algo sucedía y me alarmé. 
¿¡Qué pasa, Carmen!?
-Que Juan ha muerto esta noche.

Fue aquello como un mazazo y no sabía cómo reaccionar. Algo se hundía en mí.




Yo le llevaba a Juan 12 años, y la última vez que nos vimos en Barcelona fue el año pasado, estando yo de paso por la ciudad, y lo vi físicamente igual que cuando décadas atrás andábamos en nuestras correrías. Con toda su mata de pelo, con su buen sentido del humor e irónico como siempre. “La procesión iba por dentro”, me dijo Carmen.
Nos conocimos en CEDADE a principios de los años 70. Para esas fechas ya era Juan  un intelectual de nuestra ideología, y un documentado wagneriano, pero también un hombre de acción, a la hora de defender lo nuestro.  Él nunca buscaba la violencia, pero si le provocaban, respondía. Lo comprobé en las calles de Barcelona. Por ejemplo cierto día en una manifestación violenta de progres en la que tuvo que dar caña cuando vinieron hacia nosotros. O defendiendo el puesto de libros en plena calle.
Yo empecé a ir por Barcelona en 1969, concretamente a Tordera, el pueblo de la familia de mi mujer (una Mateu de Can Torrellas). Y al ser yo de la Enseñanza, a lo largo de unos 12 años estuve pasando grandes temporadas en este pueblo: dos meses del verano, Navidad, Semana Santa, fiestas locales, y puentes. Muy a menudo cogía el tren de cercanías y me marchaba  a Barcelona, al local, con los camaradas. Aunque ya había asistido anteriormente  al Congreso del NOE de 1969 organizado por CEDADE en Barcelona.
Congenié con Massana en particular, y cuando no iba yo por Barcelona, a veces Juan con su novia (y futura esposa) venían hasta Blanes (cerca de Tordera) y pasábamos el día. O aparecía éste por el pueblo de mi mujer. Como a los dos nos gustaba la montaña –como a todos los de CEADADE-, terminamos comprándonos en Son del Pi (por encima de Esterri d’Aneu) una casa de payés; arriba estuvo el pajar y en el bajo el establo. Siempre nos llevábamos a alguien que nos echaba una mano en los arreglos y desescombro, como a Ernesto Milá, o a los camaradas de Alicante…,   y nos dedicábamos a arreglar la casa, pero invertíamos más tiempo  a hacer excursiones por su “bosque negro” y  espléndidas montañas, que en la otra vertiente daban al Lago San Mauricio. Fueron unos años felices, pero cuando dejamos de ir, y nadie utilizaba ya la casa, nos deshicimos de ella porque había que pagar la  contribución, gastos vecinales, arreglos de carretera, etc.
En 1972 asistimos Massana y yo, junto con Tordesillas (director de la revista wagneriana Monsalvat), el coronel Sánchez Oliva, y Jesús Palacios al Congreso Nacionaleuropeo en Munich. Viajamos todos en un volkswagen ‘escarabajo’ propiedad de Tordesillas. Un impresionante Congreso con la participación de unas mil personas, las cuales, en cierto momento aplaudieron calurosamente a los españoles. Ni que decir tiene que, tras la clausura, nos trasladamos Juan y yo a la Feldherrnhalle, cercana a la Marienplatz, y algún camarada nos hizo una foto saludando a nuestro estilo donde estuvo la placa a los caídos. Y al día siguiente todos a los Templetes (entre las dos Casas Pardas, en la Königlichez Platz) donde en su día estuvieron enterrados estos caídos del 9 de noviembre. Más tarde nos acercamos a la Casa del Arte Alemán, que era de época, la cual ha cambiado de nombre y admite otro tipo de arte. Pero prácticamente el edificio sigue igual. Hicimos el recorrido del Putsch y visitamos las consabidas cervecerías donde se reunían y donde cayeron… algunas cervezas.
Salimos de Munich hacia Bayreuth y llovía sin parar. Nos refugiamos bajo uno de aquellos impresionantes puentes de las autopistas del Reich, y empezamos a prepararnos un almuerzo a base de huevos fritos con patatas  y caldos, con un infiernillo de butano, y con toda la parafernalia culinaria desplegada. Pero al cabo de un cuarto de hora paró un coche oficial al otro lado de la autovía y salieron dos policías con un megáfono. Todavía los uniformes en aquellos tiempos no habían cambiado mucho en relación a los de ‘época’: pantalón de montar con alerones en los laterales, botas altas,  guerrera (abierta, como algunas de época) y unas impresionantes gorras de plato prusianas. Tomaron el megáfono y solo entendí ”achtung!…, verboten!…” Pero Sánchez Oliva y Tordesillas, que sí sabían alemán, nos dijeron que, según los policías, si no nos íbamos inmediatamente nos conducían a la comisaría de tráfico más cercana. Massana y yo nos miramos en cuanto empezaron a hablarnos por la megafonía –tal vez contagiados en el subconsciente por la propaganda de los “nazis malos” de película, y por el impresionante porte de los agentes-, y comentamos:  “si no nos marchamos ya, lo mismo éstos nos llevan a Dachau” .  Precipitadamente, metimos todo revuelto en bolsas para largarnos a la voz de ya: huevos fritos mezclados con pasaportes; el aceite saliéndose por todos sitios, etc. Cuando nos pusimos en marcha, al cuarto de hora estábamos en una zona de recreo de la autovía y ya no llovía. Y Sánchez Oliva, el metódico militar, empezó a ordenar todo: “un huevo frito por aquí, un pasaporte de Massana en su salsa por allá;  aquí el mapa de carreteras impregnado en aceite de oliva…” y todo así. 
Llegamos a Bayreuth, y visitamos por fuera el Festspielhaus, o teatro wagneriano,  y luego nos encaminamos a Whanfried, la casa de Wagner, donde nos esperaba nada menos que  Winifred Wagner que nos acogió con cariño y simpatía. Nos saludamos, una y otros, a nuestro estilo. Tomamos el té con ella en el jardín, y  con ella nos fotografiamos. Luego nos llevó a la tumba de Wagner en los jardines de la casa. Sobre el túmulo funerario correteaban las ardillas; animales protegidos por la familia. La señora Winifred nos ofreció entradas para los festivales wagnerianos, pero nos negamos a recibir nada. Ella era presidenta de honor de Monsalvat, y Tordesillas le llevó unos ejemplares de la revista. Pero no fuimos allí a pedirle nada. El mejor regalo fue que nos recibiese, y lo hiciese precisamente  en esa mítica  mansión. Nos negamos a las entradas como aquel que tiene un hambre descomunal  pero rechaza por dignidad un buen bocadillo de jamón sucat amb tomata.  Massana y yo nos miramos, y rechinaban nuestros dientes. Pero impasibles. 
Recuerdo que a la salida, entre esta mansión y el teatro, había un monumento con un busto de Richard Wagner, que Massana, parándose ante él, saludó brazo en alto. El coronel le preguntó que por qué saludaba a un músico brazo en alto (Sánchez Oliva era un germanófilo enamorado del ejército alemán,  pero desconocía otras cosas), y Massana le contesto: “Porque fue el primer camarada”.
Posteriormente nos marchamos a Nuremberg, deslizándonos por las famosas autopistas alemanas de época, y por supuesto, nos acercamos a ver los Campos de los Congresos del Partido. Visitando especialmente el Zeppelin Fest. 
Hubo muchas anécdotas en las que Massana y yo estuvimos involucrados o fuimos protagonistas, pero sus narraciones aquí harían interminable este escrito.

Massana terminó comprándole más tarde el volkswagen a Tordesillas, y planeamos otro viaje exclusivamente para localizar y visitar en Alemania los “Santos Lugares”, como les llamábamos. Repetimos viaje entre julio y agosto de 1974. Fuimos de nuevo cinco en el escarabajo: Massana, mi hermano Víctor, Ricardo Sánchez (de CEDADE de Murcia) y el camarada Fernando Lecina, que sería más tarde delegado en Zaragoza. ¡Y al que no volveremos a mandar a por gasolina con una lata cuando en la carretera nos quedemos sin combustible! Como quiera que, en aquellos tiempos,  el único que tenía carnet de conducir era yo, me llevé el coche a Tordera para reparar algunas cosas, entre ellas el ancho estribo, que  colgaba. Recogí a los camaradas en Barcelona y emprendimos la marcha, conduciendo todo el tiempo. Atravesamos toda Francia, Suiza y nos adentramos en Alemania.  Ya no recuerdo el orden de las cosas que recorrimos, pero visitamos el Panteón de los hombres ilustres (o Walhalla) en el Danubio, río  que remontamos por carretera. Fuimos a visitar el Ordensburg de Sonthofen (ocupado hoy por la Bundeswehr) y la Junkerschule de Bad Tolz (ocupada por tropas americanas), y en ninguno de los dos sitios nos dejaron entrar por mucho que insistimos. 
 Una vez más,  vuelta a Munich y otro más de lo mismo. Repetimos Nuremberg, ciudad reconstruida piedra a piedra por los alemanes),  y los Campos de los Congresos viendo con más detalle todas las construcciones en piedra que se conservan,  sin emblemática. En el Zeppelin Fest, unos obreros que trabajaban en la fachada de entrada, estaban recortando todos sus elementos (seguramente para afearla) y cogí una piedra rectangular de caliza blanca grisácea del escombro  y unas regletas de hierro de las puertas principales, que colgaban, y con ellas me hice en casa un pequeño monumento NS tamaño trofeo.
 Seguidamente nos trasladamos a Berchtesgaden y visitamos las ruinas del Berghof y con un pequeño tgrozo de un  muro derrumbado y varilla de hierro del forjado que encontré en el escombro,  me hice otro monolito NS. Visitamos por dentro el bunker que por el subsuelo recorre toda la zona, con los cuarteles de las SS. Y finalmente emprendimos por un sendero la ascensión a pie al Keshstein, sobre cuya cumbre se levanta el Nido de Águilas. Llegamos a la plataforma donde desemboca la carretera de acceso que obviamos al subir. Había un autobús de empleados y al ver que emprendíamos a pie la ascensión hacia la cumbre  nos dijeron que subiésemos con ellos en el ascensor de bronce (la pinta que llevábamos y el pelao regimental eran inconfundibles y nos delataban, y por supuesto, estos empleados de autobuses y del refugio de montaña, o Nido de Águilas,  intuían de qué pie cojeábamos. (Massana era el que más daba el ‘cante’). Al final de un ancho  túnel se hallaba la puerta de bronce del ascensor. Subimos con ellos y el ascensor se detuvo finalmente  en un pasillo del refugio del  Nido. Ya se habían ido los turistas y era el turno de comida de los empleados, que nos dijeron que comiésemos en una mesa  próxima a ellos (aunque pagamos nuestras consumiciones).
Disfrutamos durante un buen rato del paisaje e hicimos un sinfín de fotos. Y cuando íbamos a descender por el sendero, los empleados nos indicaron que bajásemos con ellos en el ascensor. Pero no quedó ahí la cosa; al llegar a la plataforma a la salida del túnel y nada más empezar nosotros a descender por donde habíamos subido, nos llamaron para que bajásemos en el autobús con ellos, sin cobrarnos. No nos preguntaron nada en todo el descenso; se lo imaginaban. 
En Linz, siguiendo el libro de Kubizek (que Juan llevaba en apuntes, pero que todos hemos leído una y otra vez), fuimos a localizar los domicilios de los dos amigos: Adolf y August. El primero en la Blütengasse, 9 en el barrio de Urfahr. Y la de Kubizek en la Klammstrasse, 9, donde el padre de August tenía, en su domicilio, un taller de tapicería. Pero de esta última vivienda nada más quedaba la entrada (de obra) y la puerta de madera cerrada. Detrás, como en toda la fila de casas de aquella calle sin vida, nada más había escombros. Solo se mantenían las fachadas de los bajos, a guisa de tapia.
Massana nos llevó un atardecer a la cumbre del Freinberg (una loma ajardinada a las afueras de Linz) y nos dijo “Aquí empezó todo”. Efectivamente, un joven de 17 años y su amigo Gust, al terminar de ver en el modesto teatro local la obra wagneriana de Rienzi, se dirigieron a instancias de Adolf a dicha cumbre. Y allí permaneció casi en éxtasis muy afectado por la obra, sujetándole fuertemente las manos a su amigo. 
Sobre el encuentro de Gust y Hitler  tuvieron con Winifred Wagner en casa Wahnfried  –el sueño de los dos amigos  que un día se hizo realidad-, nos relata el primero en  su obra: «De manera inolvidable han quedado también grabadas en mí las palabras con que Hitler concluyó su relato a la señora Winifred Wagner: Dijo gravemente: ”En aquella hora empezó todo”».
Otro día nos dirigimos a Branau am Inn. Preguntamos por la casa natal de Hitler y los vecinos, sonriendo  complacidos, nos indicaron el sitio. Aparcamos el coche cerca y nos dedicamos a estudiar el inmueble y hacerle fotos. A todo esto llegaron dos policías locales y nos dijeron que les acompañásemos. Nos llevaron a comisaría y una vez allí… nos regalaron un reloj de cartón para la hora, para ponerlo en el coche al aparcar. Les dimos las gracias, les estrechamos las manos. A más de un camarada  se le había  olvidado  quitarse los distintivos de la camisa al entrar. Luego en otro pueblo  visitamos el cementerio donde está la tumba de los padres de Hitler. Una viejecita muy digna nos llevó al lugar  y nos dijo unas breves palabras; Yo entendí algo así como “Väter… Unser Führer Adolf Hitler”.  Y luego nos señaló la casa donde había vivido  la familia Hitler, frente al cementerio.
Fuimos también a Landsberg am Lech. Visitamos por fuera  la prisión en que estuvo encarcelado Hitler y en la que se escribiese el Mein Kampf (al menos la primera parte), y la fotografiamos,  pero como es lógico, tampoco nos dejaron entrar. Massana se hizo una fotografía delante del arco de  la puerta medieval por la que se accede a la ciudad, posando de pie apoyado en su automóvil, en el mismo lugar y en la misma postura en que se fotografiase Hitler al salir de la prisión y parar ante  este arco de entrada, reconocible porque en su parte superior luce un blasón.

Ruta de los castillos de Luis II de Baviera y la temática wagneriana

El primero castillo que fuimos a visitar fue el impresionante de Neuschwanstein (en el que Wald Disney se inspiró para crear su logotipo). Tuvimos mucha suerte. Era un buen día,  no había casi nadie y sacamos rápidamente las entradas. Lo digo porque algo más de una década después, en un viaje organizado por la Hermandad de la División Azul (para ir a Grafenwöhr), intentamos visitarlo. Nos subieron desde el aparcamiento en un autobús exprofeso para visitantes, pero eran tan inmensas las colas y la aglomeración de turistas, que en aquella otra ocasión desistimos de entrar limitándonos a visitarlo  por fuera y fotografiarlo  desde el famoso puente. 
Por dentro, en las distintas salas, el castillo estaba impregnado de motivos wagnerianos, de escenas de sus dramas. Fue uno de los lugares donde Wagner representó algunos de estos dramas para el joven Luis II, el más entusiasta wagneriano. Massana, como un buen guía, nos fue explicando cada fresco, cada elemento relacionado con el compositor. Y en un momento, asomándonos a uno de los impresionantes balconadas, nos dijo: ”Después visitaremos ese otro castillo que está ahí abajo, junto a ese inmenso prado”. Para fotografiar con mejor perspectiva el castillo que habíamos recorrido, nos fuimos al cercano y sugestivo puente Maria, apreciando como telón de fondo de éste las inmensas montañas bávaras que conservaban  neveros. Bajamos a pie hasta llegar al “otro castillo”, el del padre de Luis II, a 1 km de distancia del anterior. El de Hohenschwangau, en el que entramos y fuimos igualmente  ilustrados por Juan. 
Subimos al coche y nos dirigimos a visitar el castillo (palacio) de Lindeshof, situado en Oberammergau (a 50 km de Neuschwanstein), un palacio versallesco. Adosada a un costado había una sugestiva gruta, la Venusgrotte, donde pudimos observar sobre las aguas una barca en forma de cisne. Creo recordar que ésta fue una inspiración wagneriana de Luis II.
 De allí, por el mismo medio de locomoción, nos dirigimos al lago Chiensee (a 15 km de Linderhof), pues en la isla de dicho lago se levanta un de los palacios más hermosos, con sus correspondientes jardines: el Herrenchiensee. Tanto la Sala de los Espejos de palacio como los mismos jardines eran un claro reflejo del histórico palacio de Versalles, que yo ya conocía. Obviamente, para llegar a la isla hay que tomar un barco de la empresa. Muchos años después, lo volví a visitar con los guripas de la División Azul en ese viaje que ya cité.
De allí nos fuimos a visitar la tumba del compositor wagneriano Anton Bruckner, en el monasterio de St. Florian (Austria), con nuevas y aleccionadoras palabras de Massana.
Por algún motivo fuimos a parar a Salzburgo. Encantador. Aparcamos en la plaza principal y, al poco, nos llega un policía motorizado que se dedicaba a medir con un aparato (desconocido para nosotros) el dibujo de las ruedas de los coches, y al hacerlo en el nuestro creo que exclamó  “Schlecht!”.  En España, este dibujo de las ruedas de nuestro vehículo daba ¿legalmente? para unos años más. Pero allí, éste  estaba gastado. El policía sacó el bloc, nos puso la multa y entregó el papelito. O la pagábamos allí mismo o se llevaba el pasaporte del conductor. Gracias a que minutos antes  que el agente se nos había acercado a saludarnos un austriaco que sabía español, y nos iba traduciendo,  nos enteramos de los que el policía nos decía. En fin,  nos rascamos el bolsillo entre todos y le abonamos la multa. Pero no quedó ahí la cosa. Nuestro “intérprete” nos informó que el policía nos iba a conducir hasta un taller de coches a las afueras para que comprásemos otra rueda nueva. Mein Gott! Y allí nos llevó y habló con el mecánico, marchándose a continuación el agente.  El mecánico, chapurreando el español y con las palabras que sabíamos de alemán, más la rica mímica española, nos entendimos,  y nos dijo que su padre había estado en el Frente del Este en una unidad junto a los españoles de la Blau y que se vino impresionado por éstos. Que no nos preocupásemos, que nos facilitaría una rueda en buen estado, muy barata, y que él mismo la pondría sin cobrarnos la mano de obra. Al salir le regalamos una pequeña águila de la Wehrmacht de solapa que alguno de nosotros llevábamos en la camisa. Quedó entusiasmado, nos estrechamos las manos y no volvimos por Salzburgo (en el viaje divisionario volví a visitar esta ciudad, y todo bien). Nos quedamos sin un duro. Justo para llegar a Lyon, donde un camarada francés que regentaba un tradicional bar galo con restaurante, hacía siempre de banquero de los españoles pero sin cobrar intereses, y nos adelantaba el dinero que necesitásemos, y que siempre recibía puntualmente a la llegada de los camaradas a España. Era un personaje anchote,  luciendo unos mostachos típicos franceses. Un buen camarada. 
En ambos viajes en el volkswagen paramos en Francia en una zona llamada Pont de Jons, donde hay un cementerio de soldados alemanes muy cuidado. Las consabidas fotos y los inevitables saludos a nuestro estilo de todos los camaradas ante las tumbas, con fotos que conservo. 
Como no era mucho el dinero que llevábamos, y  el que lo tenía –en el primer viaje-se puso a nuestra altura, dormíamos en los bosques, junto a riachuelos donde nos aseábamos. Allí comíamos, y dormíamos en nuestras tiendas. Y si llovía, la pernocta se hacía entonces dentro del propio vehículo. En Nuremberg fuimos a un albergue, en la muralla, pero estaba al completo. Y los campings resultaban muy caros. Amanecer en el bosque, filtrándose los rayos de sol entre las copas de las coníferas, eran un agradable espectáculo, Y el agua de los riachuelos demasiado fría para los mediterráneos. Yo ya estaba acostumbrado desde la mili. Ignoro si ahora los bosques alemanes y austríacos cuentan con agua caliente.

Recorrido de los castillos cátaros con Juan Massana.

Era la época por la que casi todos hemos pasado, de la lectura  de Jean-Michel Angebert “Hitler y la tradición cátara”,  de Otto Rahn, con su “Cruzada contra el Grial (hombre de gran valía),  cuando nos daba por el esoterismo, el hermetismo, los cátaros y la búsqueda de Grial.  Pero llegó el día en que Juan Massana nos dijo finalmente que el Grial lo encontraríamos dentro de nosotros mismos, si sabíamos buscarlo.
En fin. Partimos desde las montañas andorranas adentrándonos en el Pirineo francés. Con Juan venía Carmen, la que sería luego su esposa, e Isidro Juan Palacios, el místico… y buena persona. Total cuatro. Empezamos el recorrido obviamente por Montsegur, ícono del catarismo,  construido sobre una escarpada piedra rocosa, extendiéndose al pie de la misma un gran campo de plano inclinado en el que sobresalía un monolito dedicado a todos aquellos cátaros que allí fueron quemados vivos, el “Camp dels Cremats”. Lo que ocurrió tras ser asaltado el castillo gracias a un delator que conocía un acceso oculto. En lo alto de las murallas de Montsegur enarbolamos una bandera de la cruz solar (celta) sobre fondo rojo. No sé como ocurrió pero bajamos sin ella sin que hubiese sido nuestro propósito dejarla allí.
Más tarde nos trasladamos a otro castillo incluido en el itinerario cátaro, que lucía en su entrada, esculpido en piedra, el escudo de Aragón, con las cuatro barras. Aunque no recuerdo su nombre.
De allí a Peyrepertuse, donde se levanta una de las fortalezas cátaras más poderosas. Se conservaba muy bien, pero se hallaba en obras  reconstruyéndose parte de un torreón. Así que hoy será digno de visitar este castillo al estar en perfecto estado de conservación.
En el recorrido, una noche dormimos en una gran casa semi-abandonada pero limpia, y otra en un camping. Si hubo alguna pernocta más no la recuerdo. Las montañas eran impactantes. Nos conocíamos toda la historia y trayectoria cátara. Pero fue una página que terminamos pasamos. 

Siempre tendré a Juan Massana en mis recuerdos de otros tiempos. Se nos han muerto últimamente dos camaradas NS, honrados y leales como ellos solos. Que descansen en paz.

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